Fecha: Octubre 11 de 2021 Categoría: Salud de la mujer

Autor Principal:

Enfermedad pélvica inflamatoria: un problema de salud pública

Pelvic inflammatory disease: a public health problem

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Palabras Claves

¿Qué es importante repasar antes de leer este capítulo?

 

Anatomía del sistema genital femenino.

 

Los objetivos de esta lectura serán:

 

  • Definir la enfermedad pélvica inflamatoria.
  • Conocer las manifestaciones clínicas y cómo se hace el diagnóstico de esta entidad.
  • Establecer los mejores tratamientos.
  • Conocer las principales complicaciones de la enfermedad tanto a corto como a largo plazo.
  • Reconocer las principales estrategias conocidas para la prevención.

 

Viñeta clínica

 

Mujer de 21 años, soltera, estudiante. Consulta por 5 días de evolución de dolor pélvico, tipo cólico. Además, hace 2 días fiebre, escalofrío, náuseas y vómito. En la revisión por sistemas manifestó 7 días de flujo vaginal de mal olor. Tiene vida sexual activa, pero no pareja estable actualmente. Anticoncepción con dispositivo intrauterino hace 2 años. No usa preservativo. No tiene antecedentes personales de importancia. En el examen físico con PA: 90/60 mmHg, FC: 120 lpm, T: 39 °C. Mucosas secas. Cardiopulmonar: normal. Abdomen: blando, dolor al palpar hipogastrio, sin masas, ni signos de irritación peritoneal. Los genitales externos son normales, a la vaginoscopia se observa cérvix erosionado y salida de flujo mucopurulento. Al tacto vaginal hay dolor al movilizar cérvix y al palpar anexo derecho.

 

Introducción

 

La enfermedad pélvica inflamatoria (EPI) es una infección polimicrobiana y ascendente del tracto reproductivo superior femenino que incluye la endometritis, la salpingitis, el absceso tubo-ovárico y la pelviperitonitis (1, 2). Es una causa común de morbilidad y representa una de cada 60 consultas de medicina general en mujeres menores de 45 años (1), además, constituye un problema de salud pública por los costos directos e indirectos que provoca debido a sus manifestaciones clínicas y sus secuelas (3).

 

Etiología

 

La enfermedad aguda (menos de 30 días de duración), es causada por el ascenso de bacterias del cérvix y la vagina. Más del 85 % de infecciones se deben a patógenos transmitidos sexualmente especialmente Neisseria gonorrhoeae y Chlamidia trachomatis, y 15 % a microorganismos entéricos o respiratorios que colonizan el tracto genital inferior. La enfermedad subclínica parece tener las mismas causas, pero ser 2 veces más común. La EPI crónica generalmente está asociada a infección crónica por Mycobacterium tuberculosis o actinomices (4).

 

Estudios recientes sugieren que la proporción de casos de EPI atribuidos a N. gonorrhoeae o C. trachomatis están disminuyendo; de las mujeres diagnosticadas, menos del 50 % tienen pruebas positivas para estos agentes, mientras que microorganismos que comprometen la flora vaginal como anaerobios, G. vaginalis, Haemophilus influenzae, bacilos entéricos Gram negativos y Streptococcus agalactiae han sido asociados con EPI. Además, citomegalovirus, M. hominis, U. urealyticum, y M. genitalium también se han asociado en algunos casos. Nuevos datos sugieren que Mycoplasma genitalium puede jugar un rol importante en la patogénesis de la enfermedad y asociarse a síntomas más leves (2).

 

Los factores que determinan cuáles infecciones cervicales van a ascender al tracto genital superior no están bien establecidos, pero algunos datos de estudios prospectivos sugieren que el 15 % de infecciones por clamidia no tratadas progresan a EPI clínica. Las relaciones sexuales y la menstruación retrógrada podrían ser factores importantes en la fisiopatología (4).

 

Epidemiología

 

Su incidencia es difícil de precisar, ya que las formas subclínicas son subdiagnosticadas, pero es sabido que se trata de una entidad frecuente (4). En Estados Unidos, 800.000 mujeres son diagnosticadas con EPI cada año. Sin embargo, se calcula que pueden ser más de un millón si se tuvieran en cuenta los casos que no se diagnostican (5).

 

En Colombia, la infección por C. trachomatis es considerada la infección de transmisión sexual más frecuente, con una prevalencia en orina del 2 % en mujeres asintomáticas de bajo riesgo y del 7 % al 9,8 % en el cérvix en la población general con sintomatología del tracto genital inferior (1).

 

La EPI es más común en mujeres jóvenes sexualmente activas y en las adolescentes, quienes presentan un riesgo relativo 3 veces mayor.  Esta alta prevalencia en este grupo de edad puede deberse a mayores conductas de riesgo, que incluyen el número de parejas sexuales, mayor frecuencia de nuevas parejas, y relaciones sexuales sin preservativo (4). El antecedente de EPI también se considera un factor predisponente para nuevos episodios tanto por la persistencia de los factores de riesgo como por pareja no tratada (3).

 

Diagnóstico

 

Se considera que la enfermedad pélvica inflamatoria es una entidad compleja y difícil de diagnosticar debido a la falta de especificidad de sus síntomas y signos. Además, muchas mujeres pueden cursar con enfermedad subclínica. Hay evidencia de que retrasar el diagnóstico y por ello el tratamiento supone aumentar el riesgo de secuelas tales como infertilidad, embarazo ectópico, y dolor pélvico, las cuales pueden tener costos significativos en el cuidado de la salud (1, 5).

 

La EPI tiene un amplio rango de manifestaciones clínicas que van desde la forma asintomática, síntomas leves, hasta la enfermedad aguda grave que puede poner en riesgo la vida de la paciente. Es muy importante tener un umbral diagnóstico bajo que permita realizar tratamientos oportunos y prevenir complicaciones (1).

 

El síntoma más importante para el diagnóstico es la sensibilidad pélvica, la cual tiene una alta sensibilidad (mayor al 95 %), pero muy pobre especificidad. Los hallazgos de infección del tracto genital inferior como flujo mucopurulento a través del cérvix, friabilidad cervical o aumento en el número de leucocitos en la secreción vaginal aumentan la especificidad (4).

 

Generalmente las pacientes con enfermedad aguda consultan por dolor pélvico de inicio súbito, de intensidad variable y que puede estar asociado a la menstruación. Otros síntomas asociados son el flujo vaginal anormal, el sangrado intermenstrual o poscoital, la dispareunia o la disuria. Algunas mujeres pueden presentar fiebre, sin embargo, las manifestaciones sistémicas no son frecuentes (4).

 

En la evaluación clínica con el tacto bimanual, es característico que la paciente presente dolor importante a la movilización del cérvix, sensibilidad en los anexos, o a la compresión uterina. Si el dolor es predominantemente unilateral, deberá sospecharse la existencia de un absceso a ese nivel.

 

Según la Guía colombiana de Práctica Clínica de Infecciones de Transmisión Sexual, publicada en 2013, el diagnóstico de EPI se hará ante la presencia de dolor abdominal bajo, dolor a la palpación de los anexos o dolor a la movilización del cérvix y al menos uno de los siguientes criterios: secreción endocervical purulenta, flujo vaginal o dolor abdominal de rebote y temperatura corporal mayor o igual a 38 ºC. En caso de disponer de hemograma se podrá tener como criterio un recuento leucocitario mayor a 10.500 o conteo de neutrófilos mayor al 80 % (1). El Centro de Control y Prevención de enfermedades de Estados unidos (CDC por sus siglas en inglés) también incluye el aumento de la proteína C reactiva (PCR), el aumento de la velocidad de sedimentación globular, la presencia de abundantes leucocitos en el examen de flujo y pruebas positivas para N. gonorrhoeae y/o C. trachomatis (2).

 

Desafortunadamente el diagnóstico clínico de EPI es impreciso. Aunque la laparoscopia ha sido considerada el estándar para el diagnóstico, tiene alta variabilidad interobservador, y puede no detectar endometritis o inflamación tubárica inicial. Además, es un procedimiento invasivo y no disponible en muchos sitios. Tampoco se realiza de rutina en pacientes con síntomas leves o moderados (4). La biopsia de endometrio también es invasiva, además, requiere lectura por patólogo lo que puede llevar a diagnósticos tardíos. La ecografía transvaginal y la resonancia magnética pueden evidenciar líquido en las trompas y son altamente específicas para salpingitis. Sin embargo, la resonancia es costosa y no está disponible en muchos sitios (4).

 

La guía colombiana no recomienda el uso rutinario de la laparoscopia, el ultrasonido vaginal, la tomografía computarizada o la Resonancia nuclear magnética en el diagnóstico de la EPI. Sin embargo, considera que la ecografía transvaginal puede ser útil para el diagnóstico del absceso tubo-ovárico y que, además, podría ser útil para diferenciar la EPI de la apendicitis aguda en una minoría de casos, pero no hay suficiente evidencia para soportar su uso rutinario (1).

 

Algunas guías sugieren que a toda paciente con EPI se le deben realizar pruebas de amplificación de ácidos nucleicos (NAT) para N. gonorrhoeae y C. trachomatis, pues si estas son positivas, la posibilidad de que se trate de una EPI aumenta considerablemente; sin embargo, no están disponibles en nuestro medio. Y a pesar de que nuestra guía recomienda el uso de pruebas rápidas en pacientes con al menos uno de los comportamientos de riesgo (uso irregular de condón, relaciones sexuales casuales, múltiples compañeros sexuales en los últimos seis meses, sexo anal, relaciones sexuales bajo el efecto de alcohol o drogas alucinógenas); estas pruebas tampoco se encuentran ampliamente disponibles (1,4).

 

El flujo vaginal también debe ser evaluado, especialmente para identificar el aumento de leucocitos y la presencia de vaginosis bacteriana (1). Asimismo, cuando se sospeche EPI, se recomienda solicitar estudios serológicos para descartar otras enfermedades de trasmisión sexual como sífilis, VIH y VHB (3).

 

Diagnóstico diferencial

 

Deben siempre descartarse otras causas de dolor que puedan poner en riesgo la vida de la paciente como el embarazo ectópico y la apendicitis. Evaluarse también otras causas ginecológicas como la endometriosis severa, el quiste de ovario complicado con ruptura o torsión, la dismenorrea y la ovulación dolorosa. Además, tener en cuenta causas gastrointestinales como la gastroenteritis, el síndrome de colon irritable, la diverticulitis o urológicas como la cistitis y la pielonefritis (1, 4).

 

Clasificación

 

La guía colombiana propone la siguiente clasificación para la EPI:

  • Grado I:No complicada, sin masa (salpingitis, limitada a trompas y ovarios). Con o sin signos de irritación peritoneal.
  • Grado II:Complicada (masa o absceso involucrando trompas y/o ovarios). Con o sin signos de irritación peritoneal.
  • Grado III:Severa, diseminada a estructuras extrapélvicas (absceso tubo-ovárico roto o pelviperitonitis) o con respuesta sistémica severa.

 

Tratamiento

 

El tratamiento debe iniciarse tan pronto como se haga el diagnóstico presuntivo, porque la prevención de secuelas a largo plazo depende de la temprana administración de antibióticos apropiados. En la selección del tratamiento debe tenerse en cuenta disponibilidad, costo, y aceptación del paciente (4).

 

El tratamiento es empírico, e incluye una combinación de antibióticos de amplio espectro, debe cubrir N. gonorrhoeae y C. trachomatis que son los gérmenes más frecuentes. La necesidad de cubrir anaerobios no ha sido establecida definitivamente en los ensayos clínicos, pero al tener en cuenta que la vaginosis bacteriana es frecuentemente encontrada en estas pacientes, algunos autores lo recomiendan, incluida la guía colombiana (1,2).

 

Muchos regímenes de tratamientos orales y venosos han sido efectivos para la mejoría clínica y la cura microbiológica, sin embargo, un número limitado de investigaciones ha comparado estos regímenes para evaluar la eliminación de la infección en endometrio y trompas o determinar la incidencia de complicaciones a largo plazo. El tratamiento óptimo y los resultados a largo plazo de pacientes con enfermedad subclínica tampoco se conocen (2,5).

 

El siguiente es el esquema recomendado por la Guía colombiana para el tratamiento ambulatorio de la EPI:

 

  • Ceftriaxona intramuscular de 500 mg dosis única, más Azitromicina 1 gr vía oral por semana durante dos semanas más Metronidazol 500 mg vía oral cada 12 horas durante 14 días.

 

Las quinolonas deben evitarse como tratamiento de primera línea en el tratamiento de EPI debido al incremento de la resistencia a esta familia de antibióticos en Colombia. El Metronidazol puede ser descontinuado en aquellas mujeres con EPI leve o moderada que no puedan tolerarlo pues su uso proporciona una eficacia adicional incierta en este grupo de pacientes (1).

 

En la actualidad no se dispone de ensayos clínicos controlados que soporten el uso de cefalosporinas orales (más que parenterales) como parte de los esquemas de tratamiento. Los niveles tisulares de los antibióticos son probablemente más bajos con la administración oral (1).

 

En paciente usuaria de dispositivo intrauterino (DIU), solo será necesario retirarlo si no existe mejoría clínica en las primeras 72 horas; en esos casos es conveniente solicitar cultivo microbiológico del mismo al tener en cuenta que existe asociación entre Actinomyces y DIU, germen que suele ocasionar cuadros graves de salpingitis y abscesos tubo-ováricos (3,4). Es limitada la evidencia de ensayos clínicos sobre la indicación de retirar o no el DIU en mujeres que presentan EPI; se considera que el retiro del DIU podría estar asociado con mejores resultados a corto plazo, pero la decisión del retiro debe ser balanceada con el riesgo de embarazo en aquellas pacientes que hayan tenido relaciones sexuales desprotegidas en los 7 días previos (1).

 

Las indicaciones de hospitalización según diferentes guías son las siguientes:

 

  • Enfermedad clínicamente severa.
  • Incapacidad para tomar tratamiento oral.
  • Absceso tubo-ovárico.
  • Que no se pueda excluir una emergencia quirúrgica.
  • Falla al tratamiento oral.
  • No disponibilidad del esquema terapéutico recomendado.

 

El tratamiento hospitalario debe basarse en terapia endovenosa, que debe ser continuada hasta 24 horas después de que la paciente experimente mejoría clínica; posteriormente se continuará con terapia oral. Se utilizará como primera opción Clindamicina 600 mg intravenosa cada 6 horas más Gentamicina intravenosa con una dosis de carga de 2 mg/Kg seguido de una única dosis diaria de 7 mg/Kg. Posteriormente continuar con Clindamicina 300 mg vía oral cada 6 horas hasta completar 14 días (1).

 

En caso de no disponer de Clindamicina o Gentamicina se utilizará como segunda opción Ceftriaxona 2 gr/día por infusión intravenosa, seguido de doxiciclina oral 100 mg dos veces al día por 14 días, más Metronidazol por vía oral 400 mg dos veces al día por 14 días (1).

 

Es esencial una valoración rápida y un tratamiento oportuno de las parejas sexuales. Si la pareja no puede asistir a la institución de salud, su tratamiento debe ser prescrito a la paciente. La guía colombiana recomienda que se les ofrezca tratamiento con Azitromicina 1 gr vía oral dosis única más Cefixime 400 mg vía oral dosis única, a las parejas de los últimos 60 días (1).

 

Para minimizar la transmisión de la enfermedad, deben darse instrucciones sobre abstinencia sexual hasta terminar el tratamiento y cuando la pareja se haya tratado.

 

Complicaciones

 

Incluyen el Absceso tubo-ovárico y el Síndrome de Fitz-Hugh-Curtis:

  • El absceso tubo-ovárico requiere manejo intrahospitalario con terapia antibiótica y procedimientos adicionales diagnósticos y terapéuticos como el drenaje percutáneo.
  • El síndrome de Fitz-Hugh-Curtis es una complicación que puede estar presente hasta en un 14 % de los casos de pacientes con EPI, aunque su frecuencia es mayor en adolescentes. Se trata de una inflamación de la cápsula hepática o perihepatitis asociada a la infección por N. gonorrohoeae y C. trachomatis. Se caracteriza por la presencia de dolor pleurítico en el cuadrante superior derecho en una paciente con síntomas de EPI, además de fiebre, náuseas, vómito, entre otros. Su tratamiento está orientado a la administración de terapia antibiótica, si bien puede manejarse de forma ambulatoria, se debe considerar el manejo intrahospitalario en pacientes adolescentes, embarazadas, inmunosuprimidas, pacientes con síntomas severos, pacientes de difícil seguimiento o sin respuesta a la terapia oral.

 

Complicaciones a largo plazo

 

Como se ha mencionado a lo largo del artículo, la EPI está asociada a complicaciones a largo plazo como la infertilidad, el embarazo ectópico y el dolor pélvico crónico, los cuales son considerados problemas de salud pública.

 

La evidencia sobre la eficacia del tratamiento antibiótico para prevenir complicaciones de la EPI a largo plazo es actualmente limitada (4).

 

Según el estudio PEACH, 7 años luego del diagnóstico de EPI el 21,3 % de las pacientes tuvieron recurrencias, 19 % desarrollaron infertilidad y 42,7 % reportaron tener dolor pélvico crónico; C. trachomatis fue la bacteria más asociada con daño tubárico (5). La infertilidad se produce principalmente en las mujeres con EPI que desarrollan salpingitis y estas además tienen más riesgo de embarazo ectópico.

 

Algunos estudios sugieren que las tasas de complicaciones a largo plazo sean mucho más frecuentes en países en vía de desarrollo, uno de los estudios por ejemplo reportó que en Estados Unidos el factor tubárico afecta el 14 % de las parejas que consultan por infertilidad, mientras que en África Sahariana representa el 65-85 % (4).

 

Los episodios repetidos de EPI empeoran los resultados reproductivos. Algunos autores han considerado que quizás el daño inducido por la infección a las trompas de Falopio ya haya ocurrido para el momento en que se administra el tratamiento por primera vez. Esta observación, junto con la frecuente aparición de enfermedad inflamatoria pélvica subclínica, ha resaltado la importancia de reconocer la prevención de la enfermedad inflamatoria pélvica como una prioridad principal de salud pública (4).

 

Prevención

 

La más importante medida de salud pública para la prevención de enfermedad pélvica inflamatoria es la prevención y el control de las infecciones de transmisión sexual ocasionadas por C. trachomatis y N. gonorrhoeae. Muchos países desarrollados han implementado programas para tamizar y tratar mujeres asintomáticas con infección por clamidia, basados en estudios que indican que tamizar y tratar la infección cervical por clamidia puede reducir en aproximadamente 30-50 % el riesgo de EPI a un año. Sin embargo, no hay evidencia de calidad que demuestre que esta medida reduzca la enfermedad y sigue siendo controversial (10).

 

El estudio NECCST (The Netherlands Chlamydia cohort study) que evaluó pacientes con test positivo para clamidia a 8 años, evidenció que la infección por clamidia aumenta el riesgo de EPI y de infertilidad tubárica especialmente en las mujeres menores de 20 años, aun cuando la infección fue tratada (8).

 

Una revisión de Cochrane realizada en 2016 concluyó que había una evidencia de moderada calidad sobre la detección y el tratamiento temprano para la infección por clamidia para reducir la EPI en pacientes con riesgo basal, por tanto, se requieren estudios multicéntricos aleatorizados para determinar sus efectos en prevención de EPI (12).

 

El CDC y otras organizaciones recomiendan tamización anual para clamidia en mujeres sexualmente activas menores de 25 años y las mayores que tengan factores de riesgo para adquirir la infección. Estos grupos también recomiendan realizar pruebas para gonococo en mujeres con alto riesgo para adquirir la infección.

 

Ante la falta de evidencia al respecto, otros países como Francia utilizan otras estrategias para el control de la infección por C. trachomatis que incluyen la educación sexual, las campañas de sensibilización, la promoción de condones y la tamización a poblaciones de riesgo (10).

 

En la guía colombiana también se hace especial énfasis a la educación como pilar para reducir las infecciones de transmisión sexual.

 

 A la fecha, han sido publicados 3 artículos que investigaron cómo la tamización y el tratamiento temprano podrían reducir la incidencia de EPI en mujeres jóvenes en un periodo de 12 meses.

 

El estudio más reciente y metodológicamente sólido es el ensayo de prevención de infección pélvica (POPI) realizado en Inglaterra, que arrojó resultados no concluyentes. Sin embargo, llamó la atención acerca de que la mayoría de los casos de EPI ocurrieron en mujeres con prueba negativa para C. trachomatis. Los autores sugieren, por tanto, que las políticas deben enfocarse en las mujeres de alto riesgo, como aquellas con nueva pareja sexual o historia reciente de infección por clamidia (11).

 

Las características clave de la historia natural de la infección por Clamidia (es decir, la tasa y el momento de la progresión de la infección del tracto genital inferior a EPI) no están suficientemente documentadas. Por lo que se considera que se requieren estimaciones precisas de estas características para anticipar mejor el beneficio de la detección temprana y sistemática de la infección. Las variaciones en la respuesta inmune en los diferentes individuos podrían explicar por qué algunas mujeres desarrollan complicaciones como EPI luego de infección por clamidia y otras no (10).

 

  Actualmente se está desarrollando un estudio en Francia (i-Predict) cuyo principal objetivo es determinar si la tamización temprana y el tratamiento de la infección genital por clamidia en mujeres jóvenes (<25 años) en este país, reduce la incidencia acumulada de EPI durante 24 meses; el seguimiento culmina en 2021.

 

En países en vía de desarrollo donde se cree las tasas de EPI son más altas, generalmente no se realizan programas de prevención basados en la tamización, sino que se hace un manejo sindrómico de las infecciones de transmisión sexual sin pruebas diagnósticas, caso de nuestro país (4). Al tener en cuenta que la mayoría de las infecciones por clamidia y gonococo son asintomáticas, se considera que se están pasando por alto una cantidad importante de estas infecciones (4).

 

La prevención de la recurrencia es una prioridad en salud pública, pues está bien establecido que pacientes con recurrencias tienen mayor riesgo de secuelas. Al usar datos del estudio PEACH, Trend y colaboradores encontraron que mujeres con recurrencias reportaron 2 veces más infertilidad y 4 veces más dolor pélvico crónico. Además, mostraron que el uso persistente del condón durante el seguimiento se asoció con una reducción importante en las recurrencias de la enfermedad, así como también del dolor pélvico crónico y de la infertilidad (5).

 

Otro problema para lograr reducir la enfermedad pélvica inflamatoria y sus secuelas es la poca adherencia que se tiene por parte del personal de salud a guías y protocolos.  Un estudio en Estados Unidos evaluó la adherencia a las guías del CDC entre 2000 y 2009 en un Hospital con 704.882 pacientes entre los 14 y 21 años diagnosticadas con EPI, y encontraron que solo a un 37 % se le prescribieron los antibióticos adecuados según los protocolos. Aunque en nuestro medio no contamos con estudios al respecto, es probable que el porcentaje sea mucho mayor.

 

Además de la poca adherencia por parte de los médicos, aun cuando estos prescriben tratamientos acordes a las guías, es poco probable que las pacientes se adhieran estrictamente a los regímenes de tratamiento prescritos. En un análisis que usó los datos del estudio PEACH, Dubar-Jacob y colaboradores encontraron que las pacientes tomaron solo el 70 % de la dosis prescrita. Los autores asociaron la pobre adherencia con la duración del tratamiento y la frecuencia, y sugirieron que tratamientos más cortos y menos frecuentes podrían mejorar la adherencia. Las pacientes también fueron poco adherentes al seguimiento, solo 10 % de las adolescentes regresaron a control a las 72 horas. Dentro de las razones encontraron que no lo veían necesario, no tuvieron acceso a transporte, incapacidad para obtener una cita y falta de un proveedor de atención primaria (5).

 

Mensajes indispensables

 

  • La enfermedad pélvica inflamatoria es una enfermedad frecuente, compleja y de difícil diagnóstico, lo cual favorece la ocurrencia de complicaciones a largo plazo.
  • No hay suficiente evidencia sobre la efectividad que tiene una estrategia de tamización de infecciones cervicales para C. trachomatis. Sin embargo, basar el diagnóstico solo en hallazgos clínicos, así sea con un bajo umbral, deja sin tratamiento gran cantidad de infecciones.
  • Mientras exista mayor evidencia de posibles estrategias de prevención, se debe insistir en la educación, tanto de pacientes como de personal de salud; en diagnósticos tempranos y en tratamientos oportunos y adecuados acordes a protocolos existentes.

 

Viñeta clínica (desenlace)

 

Esta paciente tiene factores de riesgo para infecciones de transmisión sexual: no tener una pareja estable y no usar preservativo. Los síntomas que manifiesta de dolor pélvico y fiebre están a favor de una EPI, lo cual se confirma en el examen físico con el dolor en hipogastrio, los signos de infección cervical, el dolor al movilizar el cérvix y al palpar el anexo derecho. Estos hallazgos clínicos son suficientes para hacer el diagnóstico y no se requerirían pruebas diagnósticas para su confirmación; sin embargo, deben solicitarse pruebas para descartar otras infecciones de transmisión sexual como sífilis, VIH y hepatitis B. En vista de que se trata de una infección grave ya que cursa con síndrome de respuesta inflamatoria sistémica y se sospecha un absceso tubo-ovárico por el dolor en anexo derecho, el manejo debe ser hospitalario con antibioticoterapia: Clindamicina 600 mg intravenosa cada 6 horas más Gentamicina intravenosa con una dosis de carga de 2 mg/Kg seguido de una única dosis diaria de 7 mg/Kg. Posteriormente continuar con Clindamicina 300 mg vía oral cada 6 horas hasta completar 14 días. Es muy importante dar educación en prevención, pues haber tenido una EPI se constituye en uno de los factores de riesgo más importante para tener otra, por tanto, deben darse instrucciones sobre uso de preservativo.

 

Bibliografía

 

  1. Ministerio de Salud y Protección Social – Colciencias.  Guía de Práctica Clínica para el abordaje sindrómico del diagnóstico y tratamiento de los pacientes con infecciones de transmisión sexual y otras infecciones del tracto genital. guía No. 16; 2013. Bogotá. Colombia. Disponible en: https://www.minsalud.gov.co/sites/rid/Lists/BibliotecaDigital/RIDE/INEC/IETS/profesionales%20salud.pdf
  2. Workowski KA, Berman SM. CDC sexually transmitted diseases treatment guidelines. Clin Infect Dis [Internet]. 2002;35(Suppl 2): S135-7. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:2414/cid/article/35/Supplement_2/S135/314289
  3. Baquedano L, Lamarca M, Puig F, Ruiz MA. Enfermedad inflamatoria pélvica: un reto en el diagnóstico y tratamiento precoz. Rev Chil Obstet Ginecol [Internet]. 2014; 79(2): 115 – 120. Disponible en: https://scielo.conicyt.cl/pdf/rchog/v79n2/art09.pdf
  4. Brunham RC, Gottlieb SL, Paavonen J. Pelvic inflammatory disease. N Engl J Med. 2015 May 21;372(21):2039-48. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:2598/25992748/
  5. Das BB, Ronda J, Trent M. Pelvic inflammatory disease: improving awareness, prevention, and treatment. Infect Drug Resist [Internet]. 2016; 9:191-7. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:2054/pmc/articles/PMC4998032/
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  8. Hoenderboom BM, van Benthem BHB, van Bergen JEAM, Dukers-Muijrers NHTM, Götz HM, Hoebe CJPA, et al. Relation between Chlamydia trachomatis infection and pelvic inflammatory disease, ectopic pregnancy and tubal factor infertility in a Dutch cohort of women previously tested for chlamydia in a chlamydia screening trial. Sex Transm Infect [Internet]. 2019; 95:300–306. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:4856/content/95/4/300.long
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  11. Oakeshott P, Kerry S, Aghaizu A, Atherton H, Hay S, Taylor-Robinson D, et al. Randomised controlled trial of screening for Chlamydia trachomatis to prevent pelvic inflammatory disease: the POPI (prevention of pelvic infection). BMJ [Internet]. 2010;340:c1642. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:2592/content/340/bmj.c1642.long
  12. 12. Low N, Redmond S, Uusküla A, van Bergen J, Ward H, Andersen B, et al. Screening for genital chlamydia infection. Cochrane Database Syst Rev [Internet]. 2016 Sep 13;9(9):CD010866. Available from: https://aplicacionesbiblioteca.udea.edu.co:2054/pmc/articles/PMC6457643/

 

 

 

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Cómo citar este artículo


Álvarez Mesa C. Enfermedad pélvica inflamatoria: un problema de salud pública. [Internet]. Medellín: Perlas Clínicas, Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia; 2021 [acceso enero 26 de 2023]. Disponible en: https://perlasclinicas.medicinaudea.co/salud-de-la-mujer/enfermedad-pelvica-inflamatoria-un-problema-de-salud-publica


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Álvarez Mesa C. Enfermedad pélvica inflamatoria: un problema de salud pública. [Internet]. Medellín: Perlas Clínicas, Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia; 2021 [acceso día de mes de año]. Disponible en: perlasclinicas.medicinaudea.co